No lo dude, Gibraltar, además de ser territorio español, cedido por una corona católica a otra anglicana hace más de 300 años, será objeto de discursos electorales. Ya lo está siendo y puede ser conveniente analizar tanto los textos como los contextos de los discursos que en campaña se realizan y realizarán sobre el tratado sobre Gibraltar, Reino Unido y la Unión Europea. ¿Dónde ha estado España?
¿Dónde han estado los presidentes de las comisiones de asuntos exteriores del Senado y el Congreso de los Diputados? Porque esto del tratado ha estado gestionándose desde la salida efectiva del Reino Unido en 2020 de la Unión Europea. Más de 5 largos años en los que se anunciaba una firma inminente, y minutos más tarde se informaba de graves dificultades para alcanzar un acuerdo que siempre se decía “nunca menoscabará la soberanía”. Y todas las partes entendían que esa soberanía era la suya. Las gentes del Peñón albergaban la esperanza de que con el tratado todo mejorara para ellos. Los políticos del Ministerio de Exteriores español hablaban y hablaban de la “zona de prosperidad compartida”. Las gentes de los pueblos directamente afectados por el tratado, Gibraltar y su Campo, han sido y serán meros espectadores de las decisiones que adoptan los que tienen el poder de tomarlas. Y como buenos súbditos de ambas coronas, sin decir ni mu, porque ¿para qué?
En campaña electoral, el PP arremete contra el PSOE, hasta en el Senado, argumentando aquello de la soberanía. Han estado con la boca pequeña preguntando al Gobierno de qué va el tratado. Y mientras aquí en España y en campaña electoral relacionan el tratado con traición, en el Parlamento Europeo se alinearán con quienes no le van a poner ni una pega al dicho tratado. —¿Cómo va a ser eso? —Mire Vd., a pesar de que el Parlamento Europeo debe aprobar el tratado y el PP no aclara en qué sentido votará, está claro que todo está atado y bien atado. De hecho, el Consejo de la Unión Europea, en el que están representados los Gobiernos de los Veintisiete, acordó el 1 de este mes de abril los textos del acuerdo entre la UE y el Reino Unido sobre Gibraltar, así como las decisiones para su firma y aplicación provisional desde el próximo 15 de julio.
En lugares alejados de la verja pueden sonar poéticas las manifestaciones del tipo: “Derribo de la verja, caída del último muro”. Quienes viven cotidianamente en la bahía de Algeciras saben que la valla (el muro), seguirá porque entre la ciudad de La Línea de la Concepción y Gibraltar se encuentra un aeropuerto, y en todos los lugares del mundo mundial estas infraestructuras, por seguridad, están delimitadas y tendrán una puerta de acceso (se llame verja o no). Cambia con el tratado el sentido profundo de la palabra “verja”, históricamente forjado en más de un siglo desde que la pusieron los ingleses. Y quienes utilizan metafóricamente “muro”, pretendiendo atribuir a un trámite administrativo la categoría y trascendencia que tuvo el de Berlín.
Desde la cercanía no se aprecia la existencia de la anunciada “zona de prosperidad compartida”. Quienes trabajan en Gibraltar aún tienen preguntas sin respuestas. Y quienes comerciaban en el Peñón han visto cómo mengua la clientela, ya que la subida de tasas hace menos competitiva la venta. En definitiva, se vive en carne propia que compartir se comparte, pero no prosperidad, progreso, bienestar, expansión, auge, éxito, fortuna, suerte, sino todo lo contrario. El estado emocional de las gentes que viven en esta bella bahía no refleja júbilo, alborozo, regocijo, contento, entusiasmo, algazara, exultación, alegría… Y si eso es así, ¿de qué prosperidad compartida se habla? Debería el Estado español, y por qué no la Unión Europea y el Reino Unido, hacer sus deberes, invertir algunos miles de millones de euros en la zona, condonar las deudas multimillonarias contraídas por los ayuntamientos, establecer una Zona Económica Especial, reduciendo drásticamente la presión fiscal y compensándola con inversiones estatales… por ejemplo, y parecería que el dichoso tratado sería algo serio, veraz, noble.
Por otro lado, el contencioso con Gibraltar sigue gravitando a consecuencia del “maldito y fraudulento” tratado de Utrecht. Nada se ha resuelto sobre el alquiler del usufructo del istmo donde, además del aeropuerto, se han desarrollado numerosas construcciones totalmente ilegales. De las aguas territoriales nada se ha concretado y de los antiecológicos rellenos en la bahía y detrás de la Roca, ni se han mencionado. ¿Cómo va a desarrollarse una zona de prosperidad compartida si los litigios seguirán agriando las relaciones?
Todas estas reflexiones pueden tener algún interés en tiempos no electorales, pero utilizar “lo de Gibraltar” en campaña, cuando tantos han estado mirando a la luna de Valencia, no es de recibo. El próximo día 17 de mayo parece que a toda la ciudadanía le importa, o debe importarle, sobre todo si la sanidad pública desaparecerá o no. Votar a quien mercadea con la salud provocará un suicidio sanitario.











