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3 octubre 2022
3 octubre 2022

LA EXPEDICIÓN DE LOAÍSA (M. CHICÓN)

“…Por ende acatando la persona y experiencia de vos Frey García de Loaisa, Comendador de la orden de S. Juan, … es nuestra merced y voluntad de vos nombrar, y por la presente vos nombramos por nuestro Capitán general de la dicha armada…” Nombramiento de Fray Francisco José García Jofre de Loaísa por Carlos I

Entusiasmado con la información recibida por Elcano y las grandes expectativas que genera el comercio de las especias, el emperador Carlos I intenta, en primera instancia, llegar a un acuerdo con los portugueses, pero las negociaciones no cuajan. El emperador decide armar una flota al mando de Loaísa, formada por siete barcos: La Santa María de la Victoria,  nave capitana con el mismo nombre que la que primero circunvaló la Tierra, pero mucho mayor (300 toneles), La Sancti Spiritus (200 toneles) al mando de Elcano, la Anunciada (170 toneles), La San Gabriel (130 toneles), La Santa María del Parral (80 toneles), La San Lesmes (80 toneles) y La Santiago (50 toneles), que era el pateche de la flota.

Unos cuatrocientos cincuenta hombres embarcan a bordo de estas siete naves, la mayoría soldados bien armados, como bien pertrechadas van las naves, con todo tipo de piezas de artillería, algunas de gran potencia y peso. La marinería está formada por una mezcla de andaluces, vascos, cántabros, gallegos, alemanes, flamencos e italianos. Por supuesto, también forma parte de los pertrechos todo un cargamento de diferentes mercaderías con las que poder negociar con los indígenas del Maluco. De esta forma, podrán volver a España con un gran cargamento de especias que servirán para hacer frente a los costes de la propia expedición y para dar beneficios a las arcas del Reino.

El veinticuatro de julio de 1525, la flota se hace a la mar desde Coruña rumbo a Canarias, donde terminan de pertrecharse para hacer frente a tan larga expedición. Los capitanes se reúnen y deciden marcar como punto de reunión previo al estrecho de Magallanes la Bahía de Todos los Santos, donde dejarán una cruz como señal, a cuyo pie habrá enterrada una olla con la próxima parada.

Pero, una vez abandonan las Canarias, la expedición comienza a enlazar una serie de infortunios que van minando el espíritu de las tripulaciones. La Santa María de la Victoria parte el palo mayor. Al estar sin gobierno, y mientras trabajan en la reparación, colisiona con la Santa María del Parral, que también sufre daños en la popa y en el palo de mesana. Poco después avistan un barco y, a pesar de las órdenes de Loaísa, la San Gabriel y la Santiago lo persiguen hasta darle caza. Arribados a Annobon, terminan de reparar las averías y de pertrecharse para cruzar el Atlántico. La San Gabriel y la Victoria desaparecen y Elcano asume el mando. Pero no todos los hidalgos embarcados aceptan de buen grado recibir órdenes de gente de menor alcurnia y se va enrareciendo el ambiente.

Para evitar una rebelión, Elcano continúa navegando hacia el estrecho de Magallanes dejando una señal para los otros dos barcos. En medio de una situación meteorológica abominable, en enero de 1526, confunde la entrada del Río Gallegos con la del Estrecho, encallando las naos, que logran reflotarse. Pero en el cabo de las Vírgenes son atrapados por un temporal tras otro que los castiga con dureza. La Sancti Spiritus encalla, mientras las otras se ven obligadas a hacer una echazón de la artillería por lo comprometido de su situación. El escenario es dantesco, los náufragos de la Sancti Spiritus son rescatados por el resto de la flota.

¡Por fin un golpe de suerte! Las dos naos que se daban por perdidas son avistadas, inyectando una moral a los hombres que hace que luchen con más ahínco para superar el trance en el que están inmersos.

Pero los temporales siguen castigando a la flota. La Anunciada abandona la expedición y jamás se vuelve a saber de ella ni de sus hombres. La San Gabriel deserta y se dirige al Brasil, donde es atacada por tres buques franceses, y su capitán capturado.

La San Lesmes es arrastrada por los vientos hasta doblar el Cabo de Hornos. Probablemente intentaría llegar a las Molucas por sí misma. Lo único que se sabe de ella es que, doscientos cincuenta años más tarde, la fragata Magdalena encuentra una gran cruz muy antigua en Tahití y que, a principios del siglo XX, sus cañones son encontrados en el atolón de Amanu. Tal vez su tripulación se integró en las islas vecinas tras encallar. Mientras tanto, el resto de la flota no alcanza el cabo Deseado hasta mayo de 1526. El Pacífico les espera.

“Tú que dispones de cielo y mar, haces la calma y la tempestad, ten de nosotros Señor piedad, piedad Señor, Señor piedad” Oración del ocaso.

 

Miguel F. Chicón Rodríguez  (Capitán de la marina mercante)

 

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