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28 marzo 2026
28 marzo 2026

LA FUERZA DEL VIENTO (MIGUEL CHICÓN)

La observación de la fuerza del viento siempre ha sido vital para el marino. De la percepción que sea capaz de sentir dependen, en buena medida, las decisiones que tome para que la navegación se desarrolle de forma más segura. Y en ello influye fundamentalmente la experiencia vivida por el observador, sobre todo en los tiempos en que, careciendo de instrumentos que la pudiesen determinar con precisión, toda observación era subjetiva y dependía de su criterio, que la calculaba en función del efecto que el viento producía sobre las velas, la agitación que ocasionaba en la mar o los sonidos que generaba. Curiosamente ya había instrumentos que medían su fuerza: El arquitecto genovés Leon Battista Alberti, en la primera mitad del siglo XV, inventa un dispositivo que, a través de un disco que se inclinaba según la fuerza del viento, señalaba su intensidad en una escala. Este invento es mejorado por Leonardo Da Vinci a finales del mismo siglo. Pero estos aparatos no podían llevarse a bordo, por lo que toda apreciación estaba sujeta a la subjetividad del observador. A todo esto hay que añadir que las unidades de medida no eran precisamente homogéneas y cada país, o incluso cada región, usaba la suya.  Señalemos que hasta 1.929 no se adopta la definición internacional de milla náutica que, además, no pertenece al Sistema Internacional de Unidades.

Las anotaciones en el cuaderno de bitácora reflejaban todas las observaciones que pudieran ayudar en la navegación, incluidas las de la fuerza del viento. Pero todas las observaciones eran descriptivas y sin medida alguna que pudiese dar una idea concreta: A las vísperas empezó a refrescar el viento del nordeste. Comenzó a cubrirse el cielo por la proa y a aumentar la marejada. Mandó el capitán bracear las velas para navegar con menos aparejo y que no se fatigase el navío. Es evidente que estas descripciones resultaban de gran ayuda a aquel que las leyese, pero no deja de ser patente la falta de datos concretos con los que cuantificar el fenómeno.

Resulta evidente que el navegante quisiera, de una u otra forma, parametrizar la fuerza del viento, aunque fuese de forma empírica. A principios del siglo XVIII Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, sugirió una escala del 0 al 11, desde la calma absoluta hasta la tempestad. Posteriormente, el ingeniero John Smeaton diseñó un anemómetro que recogía 8 intensidades y, poco después, el hidrógrafo escocés Alexander Dalrymple, que navegó con el también hidrógrafo irlandés Francis Beaufort, sugirió una escala de vientos útil para la navegación a vela. Probablemente  esta idea es  en la que este último se basa para concebir, en 1805, la escala que lleva su nombre y que permanece hasta nuestros días, pulida y refinada mediante las aportaciones de más marinos y científicos de la época, como fue el caso de Fitzroy, el primer meteorólogo profesional de la historia.

La escala de Beaufort, en un principio, ya contaba con una división de trece grados, aunque aún no asignaba número o fuerza. Lo que señalaba era la relación de la fuerza del viento con el efecto que causaba en las velas del barco. Posteriormente, con la llegada de la navegación a vapor, se dejó de relacionar el efecto del viento  sobre las velas y se pasó a describir su incidencia sobre el estado de la mar e incluso el meteorólogo George Simpson añadió las descripciones de sus efectos en tierra. Asimismo se fueron añadiendo los valores  que correspondían a cada grado, tanto en m/s como en nudos, y se añadieron más grados a la escala, con el fin de poder abarcar los valores que alcanzan los vientos en los huracanes, aunque el uso de esta ampliación está limitada a los casos especiales de los huracanes o tifones.

El valor de la velocidad del viento para cada grado de la escala se basa en una fórmula empírica: v=1,625 B3/2, en la que v es la velocidad del viento y B el grado de la Escala, fórmula que confieso que jamás he empleado. En realidad, lo que verdaderamente representa la Escala son las descripciones empleadas, que ayudan al marino a poder reflejar en su cuaderno de Bitácora la fuerza del viento. No vamos a describir todos los valores, pero creo que merece la pena transcribir alguno de ellos:

Fuerza 10: vientos de 48 a 55 nudos. Temporal duro. Olas muy gruesas con crestas empenachadas. La superficie de la mar parece  blanca. Visibilidad reducida. La mar ruge.

Como detalle anecdótico, “Wind” o “La fuerza del viento”,  es también una película del año 1992 sobre la Copa América, coproducida por Francis Ford Coppola…

Miguel F. Chicón Rodríguez  (Capitán de la marina mercante)

(Nacido en Tánger en 1960, sus vivencias personales a ambos lados del Estrecho, especialmente Algeciras, ciudad donde también residió, y las recurrentes travesías del Estrecho de Gibraltar realizadas siendo niño le dejaron un poso que le llevó a cursar, años más tarde, estudios de capitán de la marina mercante en Palma y Barcelona. Desde 1978 hasta 1994 navegó como oficial en buques petroleros; en barcos frigoríficos; como alférez de fragata en la Armada española, y al mando de buques de pasaje, tipo ferry y embarcaciones de alta velocidad. Por último, ejerció como jefe del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Palma desde 1996 hasta 2022)

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