Este fin de semana, tras arduas conversaciones, hemos decidido el calendario e intendencia de las cenas y comidas familiares de Navidad. Son negociaciones delicadas, partidas de billar a varias bandas: padres, suegros, cuñados, consuegros… el “cuñao” que no nos falte porque de esa manera siempre está garantizada la discusión correspondiente a estas fechas.
Hay que poner cara de póker, impasible el ademán, para librarse de los turrones y los vinos, compras que suelen poner en el disparadero, aguantar hasta el último momento y, en el instante preciso, en ese preciso momento, levantar la mano y decir con toda propiedad: «Yo me encargo de los langostinos».
Es la encomienda más sencilla: compras unos langostinos de Castilla y nadie rechista porque de tinto y turrón entiende todo el mundo, pero a ver quién es el guapo que es capaz de distinguir un langostino salvaje y rallado de Vinaroz de un langostino de Burgos, donde dicen que cuecen, congelan y comercializan 15 millones de kilos cada año, tienen un precio estupendo y con dos salsas entran igual o parecidos que los frescos de Sanlúcar.
Y reconozcámoslo, los debates prenavideños están llenos de buenos propósitos gastronómicos: «Podríamos preparar unas pulardas con salsa teriyaki», pero acabamos comiendo langostinos.
Son tan aburridos y antiguos que protagonizaron el primer plato de Perico Chicote, coctelero del régimen de Franco, rey de la salsa rosa y primer español que preparó un langostinos-cocktail allá por 1928. Sin embargo, hay quien asegura que si no se cenan langostinos en Nochebuena, es como si les faltara algo.
La Navidad es memoria: Raphael cantando el Tamborilero en el Teatro Real ante Carmen Polo de Franco, copita de Anís del Mono y langostinos dos salsas. Al final, el escritor Jean Genet tenía razón: «Crear es siempre hablar de la infancia».
Patricio González












