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3 diciembre 2022
3 diciembre 2022

MAGALLANES (M. CHICÓN)

“La confianza es el mayor enemigo de los mortales” (Hécate, reina de las brujas en Macbeth; William Shakesperare)

La buena acogida que la Armada de Las Especias tiene en Filipinas hace que Magallanes, haciendo valer las Capitulaciones de Valladolid, y antes de dirigirse a las Molucas, negocie con los diferentes jefes de las islas que va encontrando; hace que se conviertan a la fe cristiana, quemen sus ídolos y adoren la Cruz. Sus potentes lombardas, sus armas y sus corazas les convierten, a ojos de los indígenas, en seres superiores capaces de abatir a más de cincuenta hombres por cada uno de ellos. Se llegan a considerar casi invencibles. Cada vez que llegan a un nuevo enclave, disparan una salva de lombardas; su atronador ruido aterroiza a los lugareños, que no dudan en declarar su lealtad a tan alto y poderoso rey, en nombre de quien Magallanes actúa.

Todos menos uno. Celapulapu, uno de los señores de Mactán, se niega a obedecer y tributar al rey de España. Magallanes, imbuido de la confianza que le da su fe cristiana y sus poderosas armas, decide atacarlos. Buen estratega en la mar, no lo es tanto en tierra y, con sólo cincuenta hombres, cree que podrá fácilmente derrotar a los más de mil quinientos indígenas que, armados solo con lanzas hechas de caña endurecida por el fuego, se abalanzan sobre ellos. Lejos quedan las lombardas que no pueden acercarse porque los bajíos de la playa se lo impiden. Los hombres, armados con sus corazas y cascos, pero con el agua hasta la cintura, avanzan penosamente hacia la playa y pronto son alcanzados en sus puntos débiles: las piernas y los brazos. El griterío es ensordecedor y Magallanes resulta herido. Aún así le da tiempo a ordenar la retirada a sus hombres. En ese momento, sobre él cae un ingente número de indígenas que lo lancean. Su cuerpo inerte es arrastrado tierra adentro y nunca es recuperado. En el lugar de su muerte solo queda su casco adornado de un penacho de plumas.

La pérdida del almirante causa una profunda desazón en la flota y, sobre todo, en su esclavo Enrique, a quien había prometido la libertad en caso de morir. Nombrado Duarte Barbosa nuevo gobernador, no solo no libera a Enrique, sino que le ordena seguir sirviendo como esclavo. Cumpliendo las órdenes de Barbosa, acude a tierra para negociar con Zula, el señor converso al cristianismo, la entrega de riquezas; en realidad, en connivencia con él, urden un plan para acabar con toda la cúpula de la flota y hacerse con las mercaderías a bordo de los tres barcos. Zula, habiéndose percatado de que la protección divina no es tal, organiza una gran comida en tierra a modo de homenaje. A ella acuden numerosos oficiales y maestres haciendo caso omiso de una de las premisas del almirante ya fallecido. Cuando les empiezan a obsequiar con joyas, del espesor de la selva aparecen numerosos hombres que acuchillan y hacen presos a cuantos allí están. Se salvan los que no han acudido por desconfiar o por estar heridos o enfermos.

Tras abandonar precipitadamente el fondeadero, la situación no puede ser más descorazonadora. De un total de doscientos cincuenta hombres que salieron de España, solo restan algo más de cien, número insuficiente para el gobierno de tres naves. Se decide quemar la más deteriorada, la Concepción, y la flota queda reducida a la Trinidad y a la Victoria. Lo que queda de la flota deambula errática por todas las islas durante meses, valiéndose incluso del saqueo y el pillaje para subsistir.

Finalmente, la propia tripulación, hastiada de tal situación, nombra gobernador y capitán de la Trinidad al fiel alguacil de Magallanes, Gómez de Espinosa, y capitán de la Victoria al marino con más experiencia y sabiduría de los que hay entre ellos, Sebastián de Elcano. Se decide, entonces, arrumbar al destino original, las Molucas, adonde llegan el ocho de noviembre de 1521, con ayuda de pilotos locales, y donde son bien recibidos por su rey, el rajá sultán Manzor, a quien muestran el debido respeto y quien les acoge con hermandad. Por fin se cumple el objetivo de la expedición: alcanzar las Islas de las Especias navegando al oeste. El precio pagado es muy alto, pero se ha alcanzado el objetivo. Ahora solo queda el largo viaje de regreso.

“El martes 12 de noviembre mandó el rey que construyeran una casa para almacén de nuestro tráfico. Llevamos allá lo que nos quedaba; y bien pronto se inició el intercambio.” Antonio Pigafetta.

 

Miguel F. Chicón Rodríguez  (Capitán de la marina mercante)

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